El diablito

English version by mariluzademenz

Pórtate bien cuatito, si no te lleva el coloradito.

Estoy cansado de que nos manden al infierno. Primero, quieren que estemos con ustedes en sus orgías, en esos momentos en que deciden mentir y matar. Luego, se lavan las manos y dicen que no querían nada de lo que pidieron.

            Y no hay edades ni profesiones, a mi me han llamado niños, mujeres, hombres de negocios y espirituales, escépticos y místicos. Sí, los seres humanos, todos, tienen un momento en su vida en que la desesperación de saber que la bondad no paga, los lleva a gritar los nombres prohibidos.

Una vez, desde un pueblo, me llamó una pequeña y respetada vieja. Muy concentrada me dedicaba su rezo en el rosario cual si fuera yo el mismo Señor Misericordioso. “Ven a mí” susurraba convencida, y sus dedos resbalaban de cuenta en cuenta justo en reversa de como siempre lo hacía cuando alguien la estaba viendo.

Decidí visitarla, era una vieja ideal aquella, una de esas madres que jamás quisieron ser madres, cubierta de canas, de problemas, de fantasías que yo podía resolverle. “Ven a mí” decía, cual si estuviera segura que mi respuesta sería inmediata.

Llegué poco antes del amanecer sin que nadie me reconociera sobre el camino. Ella me esperaba en la ventana aferrada al rosario. Cuando me sintió le vino todo el miedo, quiso arrepentirse, pero sus deseos llevaban demasiado tiempo guardados y pelearon con ella para que continuara lo que había iniciado. Sus manos, aún enganchadas al collar de cuentas, se deslizaron ansiosas.

Esperé al pie de la ventana, fumando y viendo de reojo la sombra que caminaba detrás de la cortina. Dentro, el resto de su familia dormía, pero no por mucho tiempo: pronto empezarían a levantarse para dar comienzo a la jornada en el campo, los niños y el abuelo ararían la tierra, niñas y mujeres pondrían a secar el grano. La vieja sabía que tenía que apresurarse o no volvería a verme; los que me llaman saben que el primer rayo de sol de la mañana marca la hora límite.

“Ven a mí” dijo de pronto y abrió la ventana. Tenía los dientes rotos, la boca fruncida, los ojos hundidos entre arrugas, y con el rosario extendido, quedó mirándome.

Unos segundos después cantó un gallo, yo me  marcharía pronto y ella no había pedido nada, se sintió presionada, confundida; temblando, se acercó a mi oído y se atrevió al fin a pedir mi ayuda.

— Quiero ser fuerte — me dijo — quiero tener una voz fuerte, para que la gente me escuche cuando hablo — me tomó de la mano — quiero que no me duela el cuerpo, ni los huesos, ni la tristeza — jadeaba — quiero ser tuya… — me apretó con toda la ansiedad que sentía.

Son comunes ese tipo de peticiones. Los seres humanos prefieren condenarse al sufrimiento que morir, creen que ese sacrificio los purificará. Pero no si se lo piden a un diablo, señores; si es uno como yo quien se los vende…

Toqué cada una de las cuentas que me había rezado la vieja y luego le acaricié las pupilas con mi aliento, la estreché en mi pecho, y entré en ella con un beso flamante.

 Al amanecer, nos levantamos de un salto. ¡Había mucho que hacer en el pueblo! Mis nuevas manos de vieja ideal se dedicaron a rasgar las imágenes divinas que colgaban por todas partes, mis labios de vieja marchita calumniaron con desgarradores gritos a los que se atrevían a pasar frente a la casa. Mis pies de vieja enloquecida mataron gallinas y lastimaron niños, y mis ojos saltones e incendiados asustaron a hombres y mujeres. Una de ellas fue la que corrió al templo y trajo a un padre consigo.

¡Ay los padrecitos! se castigan con devoción cada vez que nos imaginan, nos temen más que a ninguno aun cuando les han prohibido creer en nosotros. Éste traía un frasco de agua bendita, su túnica blanca, una aureola de miedo. Estaba nervioso de verme en los ojos de la vieja, de sentirme en sus manos.

Se reunió el pueblo entero a nuestro alrededor. Oí que los niños entonaban alabanzas; vi a las vecinas  blandiendo sus imágenes de la Virgen Madre; los hombres me atacaban con súplicas al Sagrado Corazón. Estaban todos contra mí. El padre frente a ellos, salpicaba esa agüita inofensiva y humedecía la seca piel de mi viejita, refrescándonos.

Decidí divertirme, disfrutar todo el miedo que causaba mi presencia. Usé mi flaco brazo de anciana para aventar al padre una y otra vez contra las paredes, reí cuando logré escupir con mi lengua de abuela un litro de espuma y cuando convertí mis narices de vieja en aterradoras goteras de sangre. Hice a un doctor dudar de su ciencia. Jugué a provocar misterio, dejando el cuerpo dormido por instantes imprevisibles y luego sacudiéndolo violentamente. Gemí, maldije, lancé zarpadas y golpes; hice llorar a muchos y desmayarse a otros más. Todo desde el cuerpo de mi viejita ideal que se sentía realmente plena.

Desesperados, aquellos optaron por tomar medidas drásticas, y yo, que ya estaba cansado, me salí de mi dulce vieja y me largué haciéndoles creer que son capaces de exorcizarme. El alcalde del pueblo ordenó a unos compadres que dispararan, y ella cayó a un lado de mí sin respiro. Ya no le duele el cuerpo, ni los huesos, ni la tristeza; he cumplido. Yo una vez más me voy de regreso al infierno, y en aquel pueblo, aún tienen problemas para explicar por qué el alcalde ordenó matar a esa abuela.

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7 comentarios en “El diablito

  1. Entre tanto que he leído, que no es mucho, nunca había leído una historia de posesión y exorcismo vista desde el otro lado =O

    ¡Es una buena idea! Algo tenebrosa, pero interesante.

    Me agrada que hagas historias con la lotería =D

    Le gusta a 1 persona

    1. Jo jo otro punto de vista o.o y ah! pues sí, es entretenido escribir sobre las cartas… tengo ganas de completar la baraja :O para gritar ¡Lotería! jajajaja aunque sea la tradicional, ya luego quizá la versión extendida…

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